domingo, 21 de octubre de 2007


Faltaba tiempo para que amaneciera, el cielo presentó su tormentoso color amatista, el signo que marcaba la piel, todo pudo terminar, bebía, escribía en aquel ojo cristalino donde se dibujaron tres lágrimas consonantes y una fastuosa luna en el iris.
Rumbo a la playa me tumbé en la arena, boca arriba: el amanecer, el sol cambió de posición, su cuerpo desnudo, su conciencia exhortada de tal acto: la fruición, el narcótico colgaba de sus labios, se encontraba eróticamente en sus manos... las manos continuaban transformando. Fin: matar el juego.
Comenzó borrando los objetos, las palabras, las bocas moviéndose, el grito entrecortado, vómito de palabras sordas. La luna expectante, el humo azulado caracoleando, la mar, un recuerdo. No hubo más que romper: atracción, repulsión, destrucción. La luna estaba inmensa, la mar serena, acordes susurraron al oído, un viaje, una mujer, otro cielo, otra luna, otra mar, otra noche, otra vida... la imaginación hilvanaba aromas
batalla, delirio, figura de bordes brillantes


Miré hacia delante, hacia atrás, hacia arriba, hacia los costados y hacia abajo: nadie.

Expando el aliento que todo lo impregna, esclareciendo ciertas dudas, y resaltando la vorágine de cortesanas remembranzas.
Pasé una pierna del otro lado de la baranda y luego la otra: la ventana; caí, paf.

¡Silencio!
huella tibia de un cuerpo
criaturas en el fondo del pasillo
aborto reciente
aborto pasado
mis manos negras
el cielo rojo
mi nuevo ropaje quiso danzar
y sus gotas se arquearon
tallo de lilas en mitad del libro
lágrima pendular
ojos huérfanos desplazan sombras
mi cadáver cernido en telas de turbios grises
ya he olvidado

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